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Trenta días en Moscú
Por Rafael Lemus, Mexico
Nada se desvanece más rápido que la noción de literaturas nacionales. Fino narrador sin fronteras,
José Manuel Prieto (1962) es un sólido ejemplo de ello: es cubano y escribe desde México sobre Rusia y su pasado soviético.
A su pluma no la seducen las calles de La Habana ni los laberintos de la Ciudad de México; sus motivos literarios están apenas
en Moscú y Siberia, sitios que habitó durante años. En Rusia ocurren sus dos únicas novelas (Enciclopedia de una
vida en Rusia y Livadia) y a Rusia se refiere el resto de su breve obra: un pequeño tomo de relatos y una ligera crónica de viajes.
Las novelas, impecables, son el eje de su mundo literario y el resto gira alrededor de ellas. El tartamudo y la rusa
(Tusquets, 2002), por ejemplo, es una reunión de cuentos publicada años atrás en Cuba y eso determina su lectura: puede ser
leída como un anticipo de las novelas que escribirá más tarde. Lo mismo ocurre con Treinta días en Moscú (Mondadori, 2002),
bitácora de un viaje a la ciudad rusa: se lee como una ramificación de sus dos obras principales. Primer punto a favor de
Prieto: su obra es tan firme y sólida que se organiza a sí misma fácilmente.
Ambas obras orbitan alrededor del par de novelas y, no obstante, descansan en el núcleo mismo de la obra de Prieto.
No sólo comparten con ellas la meta sino también el camino: llegan a Rusia y lo hacen a través de una frivolidad altamente
decantada. Ni las novelas ni los relatos juegan a la sociología o al estudio de los "grandes temas": son ficciones y optan
siempre por la aparente trivialidad de lo cotidiano. Incluso su bitácora de viajes hace lo mismo: rehúye al análisis sesudo
de la realidad post-soviética y elige un tono menor, deliberadamente ligero. La política apenas si existe en la crónica de
Prieto y lo mismo ocurre con otros asuntos sociológicos: desaparecen para que destaque más firmemente lo literario.
La crónica es un género híbrido, a caballo entre el ensayo y la narrativa, pero no en la pluma de Prieto, siempre más narrativa
que ensayística. No hay ideas importantes sobre el paso de una economía de Estado a otra de mercado ni notas sobre el
desmantelamiento de un Estado totalitario. Lo que hay es un viajero entregado al azar y a su frivolidad orgullosa, obsesivo
comprador de libros viejos, atento observador de la moda femenina, flaneur siempre consciente de serlo. Una cosa es segura:
en Treinta días en Moscú Prieto viaja con equipaje ligero.
La frivolidad no es un mérito menor y, no obstante, a veces se resiente. Uno agradece el tono amable del libro pero
también se extrañan algunas reflexiones. Quizá el escenario es demasiado atractivo como para huir de él constantemente:
un poco más de profundidad no hubiese caído mal en ciertas ocasiones. No pasa lo mismo, sin embargo, con sus relatos y
sus novelas: también huyen de la realidad política y económica pero no dejan en el lector sino un grato sabor de boca.
La fuga aquí y allá es distinta: en la crónica Prieto huye para ningún lado mientras que en su narrativa escapa de la
realidad para insertarse más poderosamente en su mundo literario. Allá huye y aquí construye sobre su huida. En su
narrativa desdeña los grandes temas sólo para ocuparse de sus obsesiones personales: escapa de la Rusia "real" sólo para
habitar su propia Rusia, autobiográfica, atravesada por múltiples referencias literarias y recorrida por hermosas y
diabólicas mujeres. La fuga se vuelve arte: renuncia a un mundo y, sobre sus ruinas, erige otro igual y diametralmente distinto.
Los cinco relatos de El tartamudo y la rusa son un notable ejemplo de ello. Todos ocurren en una Rusia que pertenece más a
Prieto que a Yeltsin o a Stalin y todos deambulan alrededor de un restringido puñado de obsesiones personales. A la cabeza
de ellas, las mujeres. Cuatro de los cinco relatos tratan, directa o indirectamente, sobre inquietantes presencias femeninas.
A veces misógino, a veces galante, Prieto ubica en el centro de sus cuentos a mujeres bellas y peligrosas, perfectas lo mismo
para enamorarse de ellas que para golpearlas e imaginarlas en el fondo de un lago. Otra obsesión no menos vigorosa es la
juventud y sus aventuras. Prieto no se suma a la larga lista de escritores fascinados por la infancia; en su caso ella huele
a Cuba y su interés no reside en la isla sino en la Unión Soviética y en los años de juventud gastados allí. Esos son los
ingredientes de sus cuentos: una desdibujada potencia totalitaria, un extranjero joven, varias mujeres y no pocos recuerdos
desfigurados por referencias literarias. Lo demás es su estilo claro y brillante, lejano del barroquismo de otros cubanos
pero no exento de su ritmo y su singular textura.Prieto también gusta de la metaliteratura y estos relatos se aprovechan una
y otra vez de ello. No hay demasiado de la Rusia política y económica pero sobran citas literarias, referencias a otros
autores y reflexiones sobre el oficio de narrar. La literatura se vuelve sobre sí misma: desdibuja la realidad soviética
para concentrarse en sus propios mecanismos. "Muerte en el lago", por ejemplo, brota de otra historia, Juego de abalorios,
de Herman Hesse. "El tartamudo y la rusa", por su parte, comienza con una amplia digresión sobre el arte narrativo y sólo
después inicia el relato de su historia. El caso más claro, no obstante, es el "Nunca antes habías visto el rojo", estupendo
cuento comentado por el propio narrador y disimulada declaración de principios literarios. Allí Prieto es transparente en
sus ambiciones: se sabe frívolo y no pretende ser ninguna otra cosa.
El persnaje del cuento está al tanto de la nimiedad de la vida y lo mismo ocurre con Prieto:
sólo toma en serio aquello tan irrelevante como la existencia.De hecho su obra es tan ligera
que no es posible definirlo políticamente. Ningún lector conocerá, después de haberlo leído,
cuáles son las ideas y posturas de Prieto frente a Cuba o la Unión Soviética. Habla de la URSS
y no denuncia ni mucho menos elogia: apenas usa el escenario y trabaja concentrado en lo suyo.
Lo mismo ocurre con su pasaporte que lo declara como cubano: simplemente lo ignora. El término
de "exiliado" no va con su temperamento pues posee demasiada carga política. No es un exiliado a
la manera de Guillermo Cabrera Infante o de Reinaldo Arenas, nostálgicos de la isla y enemigos
acérrimos de la dictadura. Prieto es un narrador y eso parece bastarle: relata y no opina,
recrea y no denuncia, escribe y no politiza. Es un escritor y no uno cualquiera: uno bueno, tal vez uno grande.
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