José Manuel Prieto
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El filón sabroso-trágico de Cuba
GABI MARTÍNEZ. La Vanuardia Digital. España. 1999.10.08

Estos autores tratan de distintos cubanos: del que se fue, del que quiere irse y del que está al margen de todo ardor patrio

NOVELA "Se me olvidó que te olvidé"
Gabriel Mendoza
DESTINO 414 PÁGINAS 2.900 PESETAS

"Prisionero del agua"
Alexis Díaz-Pimienta
ALBA 380 PÁGINAS 2.800 PESETAS

"Livadia"
José Manuel Prieto
MONDADORI 318 PÁGINAS 2.500 PESETAS

En los últimos tiempos todo el mundo habla de Cuba. Es una moda. Las modas son económicamente muy fructíferas, y los editores, que lo saben, han encontrado filones como Zoé Valdés o Abilio Estévez, han conseguido que el caribeño sentimiento sabroso-trágico de la vida venda como churros y han decidi-do convertir Cuba en una mina de argumentos pródigos en sexo, música, amoríos hiperbólicos y balseros que se la juegan camino de Miami.

La calidad es de lo más desigual.Uno de los últimos lotes editoriales despacha a un Alexis Díaz-Pimienta que, sin prescindir del son y los vergazos, ha hurgado en la ¿tragedia? de su tierra sin demasiado convencimiento; a un mexicano, Gabriel Mendoza, que explota el factor sabroso en "Se me olvidó que te olvidé", y a José Manuel Prieto, cubano-ruso-mexicano muy al margen de estas modas que ha firmado una "Livadia" excepcional.

Gabriel Mendoza es de los que han arrimado la moda a su costal inventando un protagonista negro, músico y cubano que emigra al país charro para difundir su visión del México contemporáneo, reivindicar el amor y la amistad y proclamar la solidaridad y el hermanamiento entre los pueblos mexicano y cubano. Estas cosas tan serias las plantea Mendoza con una novela ciento por ciento sabrosa cargada de magia, de un humor que a menudo se respalda en la caricatura y, por supuesto, de música. A su vez, para los investigadores de la lengua española "Se me olvidó..." resultará muy instructivo. Los "fotutazos", "güeyes", "fiñes", "pingas", etcétera se suceden en la trama de Mendoza, impresionante prestidigitador de la palabra.

La historia cuenta cómo Nelson Valdés, septuagenario músico de capa caída e ilusiones embozadas, decide retar al sonero más en boga con la que en su día había sido la mejor banda de México. El problema es que sólo tiene 36 horas para juntar a todos sus miembros esparcidos por Ciudad de México. Paralelamente, Mendoza narra la juventud de Valdés en Veracruz, en convivencia con la gor-da Delfina, y el día en que conoció a Christopher People en un palmar, el brujo de 300 años que le convirtió en su heredero mandinga, es decir, en hacedor del goce y la sabrosura.

"Se me olvidó..." es, en fin, un libro divertido, ligero y que en sus últimas cien páginas transmite emociones muy vivas, aunque en las 300 anteriores haya un poco de todo y, de no ser por su lenguaje excepcional, podían haber resultado casi tan agotadoras como "Prisionero del agua", la novela con la que Alexis Díaz-Pimienta ganó el premio Alba de Prensa Canaria del pasado año. "Prisionero del agua" cuenta la historia del asmático Enildo, que se hizo balsero para encontrar a su amada Yindra. En realidad, la vida de Enildo no estaba mal. Era especialista en meter la "pinga" en caliente, reír con los amigos y sacarse los dineros justos, pero cuando el amor le caló, al chico se le giró la vida. El amor unido a una serie de desgracias en cadena le abocaron a desconfiar de su futuro en Cuba y subirse a una balsa en Cojímar.

Pimienta, poeta notable y gran repentista, ha montado una primera novela de evidente irregularidad. Parece escrita a espasmos. Y se nota un afán experimental que destruye perfectamente la cadencia de lectura. Así, cuando el autor escribe sobre sexo o repentismo, la literatura le fluye sincera, natural y, en definitiva, mejor. Pero cuando intenta expresar desgarro, tristeza o similar se le intuye una carencia, un esfuerzo, como si no diera con la idea.

Pimienta habla, en fin, del cubano que quiere irse, infeliz. Mendoza, del cubano que se fue divulgando sabrosura por el mundo. Y José Manuel Prieto habla de un contrabandista cubano de altos vuelos que trafica entre Rusia y Estambul muy al margen de banderas y ardores patrios. En "Livadia", Prieto cuenta en siete cartas cómo el individualista y calculador J. se enamoró perdidamente de V., una puta de serrallo. Cuenta cómo, mientras J. intentaba capturar un ejemplar de mariposa único en el mundo por las tierras de Livadia (Crimea), V. le sedujo y cómo J. planeó su fuga a sabiendas de que, tras el rescate, ella le traicionaría.

"Livadia" es una historia de amor y autoconocimiento dotada del poderío psicológico que los rusos imprimen a sus escritos y levemente aligerada por cierta frescura caribeña, porque José Manuel Prieto (La Habana, 1962) es un ingeniero que ha vivido doce años en Rusia. Así, la actualidad rusa y turca se perfilan a lo largo de unas cartas que, según su propio autor, deben a Wilde el tono y la entonación perfecta para la queja, aunque la clave de este libro sean su estructura y la formidable erudición del narrador.

Ciencias y letras, razón y espíritu se traban, se confunden a través de los hechos y las citas, porque J. es un fan del intercambio epistolar y conoce el correo de Petrarca, Pushkin, Montesquieu, de Mozart y Solimán, entre muchos otros, y por eso, en las cartas de los grandes busca respuestas a su desbarajuste sentimental.

La estructura refleja magistralmente la confusión de J. Razonamientos superpuestos que van y viene transformándose en el camino; un tiempo que discurre con desconcierto, saltando adelante y atrás, ¿en qué momento estamos ahora?; y todo eso creando una tensión que aparece y desaparece, la sorpresa acechando tras cada párrafo.

Intriga, seducción, amor, intensidad, una precisión matemática y devoción por el detalle, además de una suerte de surrealismo científico que incluye altas dosis de cultura nada empalagosa. Eso es "Livadia", una obra de vanguardia tocada por la varita de la gran literatura

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