Trenta días en Moscú
LA VELOZ Y ESTRIDENTE METAMORFOSIS DE LA MOSCÚ POSTSOVIÉTICA
Cada parte del libro reseña una semana de sus Treinta días en Moscú,
que abarcan el mes de julio de 2000. La primera escena acontece en un
bar, donde el viajero se detiene a ordenar sus apuntes; enseguida anota:
'Este café no estaba el año pasado'.
Es la clave de sol de todo el trabajo,
que consiste en un registro selectivo de las costuras del nuevo Moscú.
Como se trata de un excelente narrador, el libro atrapa cuando cuenta
historias: por ejemplo, la sórdida situación de los pisos comunales,
herencia de la era soviética, en los que una familia es capaz de desasistir
a un anciano moribundo con tal de ganar un dormitorio para aliviar
su hacinamiento. En esos pasajes, el libro parece un sugestivo apéndice
de la excelente novela 'rusa' de Prieto, Livadia (Mondadori, 1999), a la que de
hecho el autor remite en algún pasaje. O aquella ficción era estrictamente
autobiográfica o este reportaje se deja impregnar por la invención: en todo
caso, cada una tiene su verosimilitud y éstas son complementarias.
Treinta días en Moscú se estructura sobre un narrador ubicuo y una cierta
polifonía -incorporando las voces de los personajes que el viajero encuentra:
una escritora, un heraldo de la reverdecida nobleza rusa, un historiador de
la ciudad-, un poco a la manera de
Manhattan Transfer, de
John Dos Passos.
Reseñas
